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La vida comienza donde acaba el miedo La vida comienza donde acaba el miedo La vida comienza donde acaba el miedo La vida comienza donde acaba el miedo
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Al borde

Quiero aislarme del caos, alejarme por un rato de lo mundano a través de la observación. Busco una experiencia nueva, diferente, que me suscite calma, tal vez trascendencia. Es un sueño. El sosiego lo inunda todo: el sueño, la estancia, la mirada... La calma es desbordante y ahora también me acompaña despierto. La atención deja paso a la razón y ésta se difumina sin perder del todo su esencia, dejando sólo una sensación. Lo que siento no se palpa, ni se huele, pero se saborea y se percibe. Esta sensación persistirá. Sí, ahora la calma me acompaña despierto.

Con placidez experimento una vivencia tridimensional, pero las dimensiones de la experiencia son tan flexibles, porosas y difusas que se podría decir que son sólo una. Me sumerjo en ella(s). Me siento básico, casi primitivo, pero lejos de ser un sentimiento que me avergüence, como en otras ocasiones podría haberlo sido, mi nuevo carácter rudimentario tiene algo de grandeza dentro de su simplicidad. Mi estado elemental, en vez de hacerme sentir torpe o inexperto me confiere pureza. Casi no me he dado cuenta, pero he dejado atrás máculas que internamente me incomodaban (tanto que en ocasiones habían llegado a atormentarme).

Mi estado sensorial evoluciona en una transición tan suave que hace que el decisivo cambio, tan fundamental que podría haber resultado chocante, apenas sea percibido. Mis sensaciones progresan de manera acumulativa. Ahora tengo percepción de mí mismo. Siento, observo atento y juzgo cómo me siento. No estoy sólo. Miro a mi alrededor y lo constato, no estoy sólo. Y no me siento sólo, pero sé que mi experiencia es individual. Es única. Quiero compartirla, pero sólo yo siento su sabor. Caen las barreras ficticias que antes creía ver. Sí que puedo compartir. Pero mi experiencia aún no está completa.

Contemplo, y la contemplación me lleva al cénit. Me elevo a un estado sensorial que no había experimentado antes, precisamente porque mis cinco sentidos ya no cuentan. Mi experiencia va más allá de ellos. Si acaso, podría saborearla, pero de una manera abstracta, inconcreta. Una brisa fresca y acogedora, incienso, niebla, el arcoíris incrustado en piedra musgosa, quietud al borde de la vida, recogimiento austero y bello. Todo ello pasa por mi mente, por mi paladar. Un cementerio nórdico en otoño, claro y a la vez sombrío por los elegantes abetos; el descenso de la escalinata de San Miniato al Monte al crepúsculo, con Florencia, viola, a mis pies; un poema impreso a fuego en mi mente; un cuadro eterno. Así sabe mi experiencia. Es, a la vez, el final y el inicio de un camino.

Pocas veces se sufre la impresión de una experiencia, en este momento no la puedo comprender bien del todo y puede que nunca llegue a hacerlo. Pero a medida que pase el tiempo, 2 minutos, varias horas, algunos meses o muchos años, la sensación persistirá, madurará como el vino, volverá a mi memoria y me hará sentir. Ya ha pasado y siento una serenidad bucólica que anuncia su persistencia. Sí, persistirá ese sabor al borde de la vida.

Alan Granadino