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Amadas foto - “Modelos” por Manfred Zollner

Vistas desde la perspectiva actual, las fotos Polaroid se antojan la versión opuesta del recuerdo. Aparecen en un primer momento pálidas y desenfocadas, para poco a poco ir ganando en definición, contraste y colorido. Por último, acaban fijando la imagen de un instante, el recuerdo del cual empieza poco a poco a desvanecerse. La Polaroid permanece como memoria visual, como un asistente personal de la mirada, siempre disponible en el estudio de los profesionales, fiable, con un carácter propio y sentido de la estética.

“Las Polaroid son el resultado de diversas circunstancias que han dejado huella”, explica Bruno Bisang. “Han pasado por las manos de clientes, modelos y estilistas. En ellas pueden verse huellas dactilares, rasguños y otros defectos. En las Polaroid vemos las marcas dejadas por la vida, como arrugas en la cara de una persona”. No necesitan ser retocadas, ya que son el contrapunto a la piel impoluta salida de los laboratorios digitales. Emanan el encanto cautivador de la belleza verdadera. La naturalidad de estas imágenes seduce porque es genuina. La variación de colores y contrastes es considerable. En ellas se acumulan sombras y refracciones, puesto que por entonces todo dependía de la temperatura ambiente: las fotos tomadas en la playa, por ejemplo, eran muy diferentes de las obtenidas en el estudio, ya que los colores expuestos al calor palidecían. “Aquellos dos minutos de espera hasta que la imagen revelada llegaba a la mesa eran instantes mágicos”, se entusiasma el fotógrafo. Ahora, cuando el medio visual aparece anegado de falsificaciones y bellezas de pega, de siliconados y artificiales personajes y rostros uniformizados por el Photoshop, echamos de menos aquel mundo en el que las Polaroid eran piezas únicas, sencillas e instantáneas.

Hasta hace poco, los profesionales se valían todavía de las Polaroid para comprobar la luz, las sombras y la expresión, el vestuario, la pose de sus modelos. Eran los primeros esbozos del diseño de la iluminación, extractos del momento arrebatados a la máquina. Las cámaras Polaroid eran la tropa de intervención rápida de la fotografía, la avanzadilla profesional del regimiento fotográfico. Más aún: eran la manera de romper el hielo en el contacto con clientes y modelos, la primera expresión del proceso creativo, mini galería sobre la mesa del estudio, estrellas de los preparativos hasta que llegasen del revelado las imágenes definitivas para eclipsarlas.

Las Polaroid irradian una naturalidad y espontaneidad especiales, debida en buena parte a que las actitudes y expectativas de los fotografiados eran todavía muy distendidas. Bruno Bisang consigue en sus fotografías que el instante aparezca privado, intimista, como en una buena película en la que el espectador olvida por completo que se trata de ficción. El artista suizo sabe encontrar los momentos auténticos y creíbles, y el material de Polaroid parece reforzar esa percepción. Asoma entonces la belleza bañada de carisma de la mujer en un entorno que renuncia a cualquier perfección artificial. Arquitecto de las emociones, busca la estructura sutil de la mirada y la gestualidad y descubre la textura de Eros.

Las fotos Polaroid fueron en su momento un tranquilizante en forma de papel para los creativos durante su trabajo. “Todo va bien, todo va bien”, parecían decirles mudas a sus propietarios antes de que Ilford, Kodak y otras variantes más lentas las sustituyesen. “En la actualidad, a estas imágenes se les reconoce una importancia estética intrínseca mucho mayor”, asegura Bisang. “Las Polaroid son hoy objeto de culto”. Ahora, cuando se ha interrumpido la fabricación de cartuchos, las Polaroid han pasado a ser el recuerdo de un recuerdo, una pre-imagen recordada con cariño, una meta-fotografía surgida del pasado. No representan tanto la imagen posterior como el proceso de rodaje en años pasados, un instante auténtico, los primeros momentos de felicidad en el plató. “¡Las Polaroid serán siempre inmortales!”, afirma Bisang. “Son instantes capturados en una imagen, son mágicas”. Y no le falta razón.

Manfred Zollner es crítico de fotografía y subdirector jefe de la revista fotoMAGAZIN